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FLOR DE CHILE  

TEXTO EN ALEMÁN

AÑAÑUCA
Galería Stiftung DKM, Duisburg, Alemania
Diciembre 2005
Exposición individual
300 volúmenes cilíndricos 18 cm x 35 cm ø.
Cada volumen tiene luz interior
Material: Textil, paños de limpieza de color rosado.
Superficie ocupada: 130 m2.

Dentro de la escena artística chilena, Julen Birke se ubica como miembro activo de una nueva generación de escultores que, desde mediados de los noventa, emprenden una decisiva renovación de su práctica. Para tomarle el peso al impacto que este movimiento ejerce en la plástica chilena, hay que tener en cuenta que históricamente la escultura había sufrido un retraso respecto de otras manifestaciones visuales. Aún, a mediados de los noventa, seguía funcionando en Chile el canon clásico de la escultura ligada a la lógica conmemorativa del monumento o bien, el canon modernista de la escultura como un objeto autónomo. La gran mayoría de los escultores seguía trabajando con formas de carácter monolítico y con materiales tradicionales, nobles y perdurables, de modo que la experimentación en el área de los lenguajes y materiales era algo muy escaso.

Los nuevos escultores, entonces, marcan un giro radical en la comprensión del objeto escultórico a través de la investigación de formas, técnicas y materiales procedentes de la industria y del mundo del consumo y, al mismo tiempo, a través de un nuevo trato comunicativo entre el objeto, su entorno y los espectadores. La escultura deja de ser ese objeto cerrado en sí mismo, para convertirse en un estímulo provocador que interroga el espacio y la mirada.

La obra de Julen Birke incorpora una serie de rupturas respecto a la escultura tradicional. Por una parte, sus piezas no son únicas, sino reproducciones en serie. Por otra parte, ella elige materiales que pertenecen al mundo cotidiano del consumo y, muy particularmente, al ámbito textil. Sus esculturas son objetos de tela, algodón, plástico y elástico, realizadas con la técnica de corte y confección, lo que les da una apariencia familiar y, al mismo tiempo, frágil. A diferencia de los materiales “nobles” y “perdurables”, Birke escoge materiales ordinarios, que pueden ser vulnerables a las condiciones climáticas y al desgaste de los días. Sus objetos en vez de ser sólidos suelen ser blandos, y muchas veces inflables. De modo que el espectador, ante su trabajo, sustituye la distancia que tendría ante un objeto sacro y solemne, por un acercamiento más amigable. A veces intenta sentarse en una escultura que simula un cojín inflado o jugar a alcanzar un objeto que cuelga como un globo de una fiesta de cumpleaños.

Las de Birke son obras concebidas desde un lugar alternativo a la lógica del poder y, en ese sentido, reivindicativas de una nueva sensibilidad. Son, sin duda, obras que prefieren el diálogo que la contemplación, el juego que el respeto, la emoción que la razón. Obras, en definitiva, que se plantean como estímulos comunicativos y que necesitan del otro para completar su sentido.

Pero, si su trabajo se concibe desde el diálogo con el espectador también incorpora el entorno. Cada obra está pensada y diseñada para hacer sentido en un lugar específico. De este modo, lo que Birke construye son verdaderas instalaciones escultóricas, donde la apuesta está cifrada en el efecto de conjunto y en la capacidad de disparar nuevos sentidos que interroguen el espacio y la mirada. Es importante señalar cómo Birke ha ido radicalizando su pregunta por el espacio. Así, por ejemplo, si sus primeras obras eran objetos dispuestos en una sala de exhibición, ya en el año 2002 instala objetos a campo travieso en un sector rural, llevando la escultura a un trabajo amplio de intervención del terreno, en la línea del land art. Hay, sin duda, una reinterpretación del paisaje desde la escultura, que puede percibirse no sólo en la elección de los lugares donde se instala, sino también en la recurrencia a apariencias, colores y formas dispositivas propias de paisajes rurales, urbanos o artificiales.

Un mérito indiscutible de Birke es haber logrado un sello visual propio: donde sea que uno vea su trabajo, reconoce la marca característica de su autoría. Uno podría afirmar que Birke no está interesada en la búsqueda de la “novedad” o del impacto, sino en desarrollar y profundizar su propio pensamiento visual. Insistiendo rigurosa y metódicamente en sus obsesiones formales y teóricas, Birke va trazando un sentido de coherencia que permite apostar a la consolidación de su propuesta.

El trabajo “Añañuca” que Julen Birke ahora presenta, resume y potencia varias de las constantes de su proceso de obra. En términos generales, lo que hace es conjugar dos elementos conceptuales: la cita histórica al entorno y la reelaboración escultórica del paisaje. La artista lo explica así: “Me interesa poblar o invadir el espacio planteándome como problema la habitabilidad del lugar, para lo cual utilizo la seriación a partir de un módulo estándar generando un sistema de apropiación. Estoy trabajando con los referentes de la naturaleza, tanto en el proceso de la proliferación orgánica de los módulos como en los colores propios de ella”.

En esta oportunidad, la artista parte reflexionando sobre el lugar de exhibición: la galería de la Stifftung DKM, que se encuentra ubicada en la ciudad de Duisburg, un puerto de fuerte pasado industrial que aún está a la vista a través de algunas estructuras que se conservaron en el proyecto urbano Garten der Erinnerungen (Jardín de los Recuerdos), realizado por el artista israelí Dani Karavan. La idea principal era crear un lugar de memoria que recordara todo lo que fue el apogeo del puerto. La construcción donde se encuentra la galería actualmente estaba inserta en el parque industrial de la época y fue una de las edificaciones conservadas en lo que hoy es el Garten der Erinnerungen (Jardín de los Recuerdos).

Julen Birke elabora este antecedente histórico, cultural y visual, bajo la idea de un sitio industrial (por ello árido, artificial) que, a través de los mecanismos de la nostalgia, es capaz de transformarse en un jardín para la memoria colectiva. A partir de este concepto, realiza una analogía con el desierto florido chileno, que es un fenómeno que ocurre en primavera en uno de los desiertos más áridos del mundo (Atacama, en Chile). En un lugar donde nadie se imaginaría que una semilla puede germinar, el milagro sucede y año tras año miles de turistas acuden a presenciar el colorido espectáculo. El trabajo, en definitiva, consiste en instalar una reinterpretación escultórica del desierto florido dentro de la galería que funciona como una cita desviada al entorno en el cual se ubica la sala de exhibición. Julen elige utilizar específicamente el referente de la Añañuca, una flor rosada que florece junto al resto en el desierto. Así, cada pieza, equivale a una flor. Los volúmenes están iluminados interiormente (produciendo una atmósfera rosa) y generando la proyección de la luz hacia el exterior, de manera que se produce un cruce entre el jardín interno (el que ella crea) y el jardín externo, también iluminado. En los meses más oscuros, Julen no sólo crea un jardín luminoso hecho de esculturas-lámparas, sino que convierte a la galería misma en una lámpara, potenciando su arquitectura y su diseño en forma de vitrina, donde hay muchos ventanales por los cuales entra y sale la luz. El trabajo, en términos técnicos, consiste en 300 volúmenes cilíndricos de 35,5 cm de diámetro y 18 cm de alto, realizados con paños de limpieza de color rosado. Cada volumen tiene una ampolleta en su interior y todos están interconectados por cables transparentes.

Es interesante considerar que Julen Birke reside hace algún tiempo en Alemania, lo que ha implicado volver a organizar su trabajo creativo según las posibilidades que un nuevo entorno ofrece. Eso, junto con constituir un obstáculo, ha sido para ella un desafío y una oportunidad de repensar el contexto y descubrir otras alternativas que, sin duda, ampliarán su lenguaje.

Catalina Mena.Santiago de Chile, septiembre, 2005